El otoño avisó de su llegada días atrás cuando desplomó sobre el paisaje las últimas hojas que quedaban en los árboles. Solamente las cada vez más cortas tardes parecieron darse cuenta de ello, puesto que la temperatura todavía recordaba a los calurosos días del verano que tan lejos quedaban en el recuerdo y tan cerca en el tiempo.
El día comenzó frío. Él lo supo puesto que el perro se mostraba reticente a salir, pues prefería mantenerse en el calor del hogar, debajo de su cama, donde se sentía abrigado y a salvo de la intemperie. A pesar de su falta de colaboración, ambos salieron a dar un paseo sin más intención que sentirse vivos y disfrutar de la montaña, y aprovechar los últimos rayos de Sol de un día lleno de tranquilidad. Sin embargo, la noche del sábado llegó mucho antes de lo esperado cuando el cielo se encapotó.

La tormenta se desencadenó casi antes de convertirse en una amenaza. El animal nunca había sido propenso a la lluvia, incluso se escondía en su pequeña madriguera horas antes de que sonase el primer trueno. A él, que el cielo llorase le recordaba tiempos pasados donde las lágrimas eran suyas y no del firmamento. Pero extrañamente, a ninguno de los dos le importó lo más mínimo hallarse lejos de su techo y quedarse a merced de las gotas de agua. Se sentían felices, jugando uno con el otro, a pesar de que ninguno de los dos tenía fuerzas para andar corriendo.

Horas después, tras un largo andar, se encontraban ambos recogidos al calor del fuego. Él tuvo dificultad en encender la chimenea, la madera estaba húmeda debido al chaparrón, pero finalmente lo consiguió ante la sonrisa de su amigo. Encendió su pipa mientras el perro se acurrucaba a sus pies y se contaban de nuevo viejas historias vividas por ambos, de cuando su mujer aun vivía y él era cachorro. Fueron felices esa noche.
La mañana del domingo Odín salió de su escondite y subió encima de la cama para despertar a su compañero. Pero sobre la cama no había nada más que un cuerpo inerte.
Él preparó la chimenea la noche anterior y departió con su amigo hasta que la noche se confundía con el día porque sabía que era la última vez que hablarían. En realidad ambos lo sabían.
El animal supo al instante lo que sucedía pues se lo habían dicho la noche anterior. Su amigo se le adelantó por momentos y se tumbó junto a él para siempre. Había llegado el otoño.


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