miércoles 4 de noviembre de 2009

Noviembre



El otoño avisó de su llegada días atrás cuando desplomó sobre el paisaje las últimas hojas que quedaban en los árboles. Solamente las cada vez más cortas tardes parecieron darse cuenta de ello, puesto que la temperatura todavía recordaba a los calurosos días del verano que tan lejos quedaban en el recuerdo y tan cerca en el tiempo.

El día comenzó frío. Él lo supo puesto que el perro se mostraba reticente a salir, pues prefería mantenerse en el calor del hogar, debajo de su cama, donde se sentía abrigado y a salvo de la intemperie. A pesar de su falta de colaboración, ambos salieron a dar un paseo sin más intención que sentirse vivos y disfrutar de la montaña, y aprovechar los últimos rayos de Sol de un día lleno de tranquilidad. Sin embargo, la noche del sábado llegó mucho antes de lo esperado cuando el cielo se encapotó.



La tormenta se desencadenó casi antes de convertirse en una amenaza. El animal nunca había sido propenso a la lluvia, incluso se escondía en su pequeña madriguera horas antes de que sonase el primer trueno. A él, que el cielo llorase le recordaba tiempos pasados donde las lágrimas eran suyas y no del firmamento. Pero extrañamente, a ninguno de los dos le importó lo más mínimo hallarse lejos de su techo y quedarse a merced de las gotas de agua. Se sentían felices, jugando uno con el otro, a pesar de que ninguno de los dos tenía fuerzas para andar corriendo.



Horas después, tras un largo andar, se encontraban ambos recogidos al calor del fuego. Él tuvo dificultad en encender la chimenea, la madera estaba húmeda debido al chaparrón, pero finalmente lo consiguió ante la sonrisa de su amigo. Encendió su pipa mientras el perro se acurrucaba a sus pies y se contaban de nuevo viejas historias vividas por ambos, de cuando su mujer aun vivía y él era cachorro. Fueron felices esa noche.

La mañana del domingo Odín salió de su escondite y subió encima de la cama para despertar a su compañero. Pero sobre la cama no había nada más que un cuerpo inerte.
Él preparó la chimenea la noche anterior y departió con su amigo hasta que la noche se confundía con el día porque sabía que era la última vez que hablarían. En realidad ambos lo sabían.

El animal supo al instante lo que sucedía pues se lo habían dicho la noche anterior. Su amigo se le adelantó por momentos y se tumbó junto a él para siempre. Había llegado el otoño.

lunes 2 de noviembre de 2009

Déjate llevar


Pasan las horas y el sueño se apodera de él. Sin embargo no puede dormirse. Al día siguiente tiene que madrugar pero no parece importarle. Se levanta, harto de dar vueltas sobre las arrugadas sábanas, síntoma de que la cama lleva días sin estirarse, porque para qué hacerla si por la noche se volverá a deshacer. En la oscuridad de su habitación busca sus zapatillas para calzarse e ir al salón, sin saber muy bien a qué.



Enciende un cigarrillo y lo disfruta rodeado del silencio de quien se sabe en armoniosa soledad. Entonces ve la vieja radio del salón que hace años que nadie enciende y siente la necesidad de encenderla y quedarse a solas con ella. Suena música que le lleva a algún otro lugar lejos de donde está sin moverse de su sitio.



Se siente en paz, relajado aun sabiendo la dura semana que tiene por delante, con pocas horas de sueño, madrugones de escándalo, comer rápido y mal y darse cuenta que lo único que hace es ir de casa al trabajo y del trabajo a casa; sin tomarse un instante para sí mismo y poner su cabeza en orden. Por eso no le importa nada sacrificar dos horas de sueño esta noche.

El perro ha notado que alguien se movía y gatea sigilosamente a hacerle compañía. Le ofrece su morro a cambio de unas caricias y silencio. Le mira, como quien mira una fotografía, y le acompaña en su pensamiento mientras se acomoda entre sus brazos, buscando la última atención del día antes de que finalmente todo el mundo en casa esté durmiendo



Por fin tiene un momento para él y pensar libremente. Pero no lo hace. La música le envuelve y su cabeza queda en blanco. Nada, ni siquiera los gestos que reclaman atención del perro, le puede turbar ahora. Apaga la luz y se queda con el susurro de la radio alrededor de sus oídos. Con los ojos cerrados en la oscuridad del salón se deja llevar y por fin se encuentra feliz, en paz. Pasan los minutos como si fueran horas, que es como deben pasar cuando uno necesita todo el tiempo del mundo para estar en calma.



El perro se estira, decide que mañana será otro día y le abandona. El reloj marca la una y cincuenta y cuatro, ha llegado el momento de acostarse. Se jura a sí mismo que todas las semanas tendrá un momento de tranquilidad como este. Lo necesita para descansar.

lunes 28 de septiembre de 2009

Si te cuento la verdad me entran ganas de llorar



A Ramón no le salió bien el farol, decidió que no podía seguir siendo un títere en manos de su mujer y le cantó las cuarenta echándose un órdago, porque en el fondo el no quería separarse de ella, el pobre muchacho. Al final ella le dio con la escoba por tamaña insensatez. Lo que pasa Ramón estaba confundido, tenía que haberla dejado ir. No pudo o no quiso tomar la decisión correcta.

Tomar decisiones no es fácil. Se requiere tener un critero, que no siempre se tiene, para ser capaz de discernir entre un camino u otro. En algunos casos la falta de opciones hace que la elección sea fácil, pero no eso no significa necesariamente que sea una buena decisión. A veces es mejor dar media vuelta y esperar a que se presenten nuevas tentativas, pues es posible que el camino que se tome, por ser el único, conduzca irremediablemente al desastre. Una buena decisión tomada por razones equivocadas se convierte automáticamente en una mala decisión.



Sucede que al intentar desandar el camino equivocado para regresar al punto de partida, duele. Muchísimo. Es cuando uno se da cuenta de por qué debió tirar para el otro lado cuando llegó el momento de elegir. Entran dudas por haberse confundido, se viene uno abajo por considerarse incapaz de tomar buenas decisiones y la cosa marcha cuesta arriba. Es entonces cuando se llega de nuevo al punto de partida, con una nueva perspectiva. Aquí nos damos cuenta que el hombre es el único aninal que tropieza dos veces en la misma piedra y se vuelve a tirar por donde no es.

Por eso cuando uno se confunde de camino, hay veces en que es mejor seguir por él que darse la vuelta, pues en ese mal sendero aparecera una nueva encrucijada que te lleve al buen sentido. O que te siga llevando por donde no es, pero es importante cambiar la piedra con la que se tropieza. La mala decisión ya está tomada, y cuando es demasiado tarde es mejor apechugar con ella que darse media vuelta y tratar de corregir rumbo desde el principio. Ese tiempo perdido no se recuperará volviendo atrás.

Sin embargo, mirar atrás es el mejor recordatorio de cuáles son los caminos que hay que tomar. O incluso si ha llegado el momento de detenerse ante la falta de otra singladura.



Porque lo que es una realidad es que uno es la suma de las decisiones que ha tomado, y eso se ve por el camino que queda atrás, sea tortuoso o apacible. Todos saben que se hace camino al andar.

lunes 14 de septiembre de 2009

Temor



Sus nervios estaban a flor de piel. No era la primera vez que había llegado tan lejos pero dudó que pudiera mantenerse así mucho más tiempo. Rezó. Nunca antes lo había hecho. La gota de sudor que resbalaba por su mejilla le recordaba lo cínico que era que un hombre como él se pusiera a rezar. En un segundo pasaron por sus recuerdos todos los actos de su vida. No había nada que mereciese la misericordia de nadie. Todo lo contrario. Si de verdad existía un Dios lo más justo sería que éste desoyese sus súplicas.

Mientras los segundos pasaban, el tiempo se detuvo en su cabeza. Maldijo el momento en que eligió el camino que lo había llevado hasta esa situación. Trató de recordar quién era cuando empezó aquella senda. No lo recordó. Se odio a si mismo cuando se dio cuenta de que no sabía quién era. Sin embargo no ignoraba por qué. Había convertido su existencia en una partida de ajedrez. Sólo vivía para sacrificar al contrario a costa de su propio ser. Se había consumido.



La duda no le dejaba actuar. Su cometido, la razón por la que estaba ahí, se rebelaba contra él. Le miraba desde el frente haciéndole replantearse si debía dar media vuelta y comenzar de nuevo por otra senda. Notaba como el sudor nervioso se apoderaba de él y temió. Una sensación de pavor le recorrió todo el cuerpo y le heló la sangre. Quedó completamente paralizado. Se suplicó a si mismo que su demonio volviese de nuevo a su ser. Su objetivo estaba completamente a su merced y ambos lo sabían. Pero sólo él era consciente de ser una estatua de incertidumbre.

Se miró a los ojos y trató de obligarse a actuar. Comprendió que su encomienda era lo que realmente le hacía seguir adelante. Sus actos pasados le habían proporcionado el regocijo necesario en su vida. Entonces recuperó su ser. Sus deseos de nuevo volvieron a dominar su mente y sus dudas se disiparon. Él era lo que hacía, no lo que quedaba en unos recuerdos inexistentes, por intensos que éstos fueran.



Entonces sonrió porque ya no había pavor sino convencimiento. El alimento de su alma eran las miradas horrorizadas de sus víctimas. El silencio que provocaba en ellas era la banda sonora de su vida.

¡Quiero el órdago!

Y le sacaron cuatro reyes.

sábado 29 de agosto de 2009

Sobrecogedor

En muchos momentos de la vida nos vemos grandes por nuestros logros, por nuestras experiencias. Miramos a nuestro alrededor y vemos lo que como seres humanos hemos levantado ante nuestra vista. Comprendemos como nuestro dominio de la técnica ha permitido cosas como que un servidor este escribiendo estas líneas para que las vea el que quiera verlas sin moverse de su casa. Somos capaces de salvar grandes distancias en unas pocas horas porque nuestra inteligencia ha sabido combinar lo que encuentra en la naturaleza con la satisfacción de sus necesidades.

Hemos aprendido a hacer que el hombre sea capaz de sobrevivir a catástrofes naturales, a la amenaza de enfermedades o incluso a alterar el entorno natural de las cosas en beneficio propio. En definitiva, controlamos en gran medida nuestro planeta y nos aprovechamos de lo que nos ofrece para ser más rápidos, para volar más alto, y para conocer de primera mano lo que está sucediendo en el otro extremo de la Tierra. Incluso hemos sido capaces de salir de ella y visitar nuestra Luna. Y sin embargo nuestro mundo es tan enorme que para nuestra mente es complejo asimilarlo, dado que naturalmente tendemos a imaginar extensiones que no abarcan más allá del horizonte que se nos presenta ante nuestros ojos.



Y sin embargo la Tierra no es más que una mota de polvo en un campo de fútbol. Una anomalía de vida en la inmensidad infinita del Universo. Desde siempre el hombre, ya antes de aprender a manejar el mundo, ha mirado el firmamento con sobrecogimiento y respeto. En su imaginación y en su razón, agrupó las estrellas en figuras e imágenes que controloba y conocía. Ello le llevó a comprender mejor a quién miraba cuando levantaba la cabeza.



Cuando la técnica y la evolución avanzaron lo suficiente, el hombre pudo comprender qué era realmente lo que le observaba desde la lejanía cada noche. Aprendió a medir sus verdaderas magnitudes y comprendió realmente cuan lejos de su mirada se hallan esas inmensas estrellas. Incluso llegó a encontrar nuevos mundos bailando alrededor de esos colosos y se atreve hoy a aventurar que en alguno de ellos pueda llegar a existir vida.



Estas inmensidades tienen un tamaño inabarcable para la razón. Si alguien es capaz de imaginarse de verdad la magnitud de la estrella Antares - que como han podido ustedes observar en el vídeo no es la más grande de todas ni por casualidad - así como la distancia a la que está de nosotros, es porque tiene una mente privilegiadísima. Es en ese momento cuando uno se da cuenta de lo verdaderamente insignificante que es el hombre cuando se compara con el tamaño de una estrella. Si resulta que se piensa que existen trillones de estrellas en billones de galaxias ya no se puede ni siquiera imaginar lo que es el infinito Universo.

Desde nuestra posición se ven las luces del cielo de la noche como si fueran cabezas de alfiler. Siendo tan grandes como son, que no puedan iluminar la noche como el Sol hace con el día puede dar una idea de cuan lejos están. Tanto que la luz que emite la más cercana de ellas a nuestro planeta tarda 4 años en llegarnos.



Y a pesar de todo esto, la mente humana, sus situaciones, intuiciones, sensaciones y sentimientos sigue siendo lo más inabarcable que existe para la misma mente. De existir alguien que sea capaz de abarcar la eternidad del Universo, todavía no podría llegar a comprenderse a sí mismo.

domingo 9 de agosto de 2009

El merodeador



Las aceras sugieren que se acerca la medianoche. Están desiertas, y lo único que se mueve sobre ellas son las hojas de un periódico releído por el viento. Hace frío y parece como si el cielo fuera a desplomarse sobre la tierra. A lo lejos se oye el aullido de un perro, que trata de comunicar a sus semejantes que se avecinan truenos. O quizá tiene miedo. Parece que ella recorre la calle con seguridad, conoce el camino a la perfección, pues lo cruza todas las noches cuando vuelve al hogar. Camina rápido, diríase que está corriendo, quizá por la amenaza de las lágrimas de la tormenta. O quizá tiene miedo.



La oscuridad queda rasgada por un relámpago. Su llegada era esperada, pues segundos antes ella se asustó cuando el cielo tronó. De pronto, el techo empieza a descargar con furia miles de dardos envueltos en agua. Pero ella apenas nota las gotas caer. La inmensa luz que durante un segundo iluminó sus ojos dejó al descubierto algo. O alguien. Ese segundo fue largo como una vida. Se maldijo, se preguntó por qué tuvo que darse la vuelta justo en ese instante. ¿Hay alguien ahí?. Aterrorizada, comienza a correr de verdad.



Horas después, sólo ha pasado un minuto. Le falta el aliento. Sin embargo, comienza a pensar que no hay nada que temer, no es tan tarde, no tiene por qué pasar nada. El cielo se desangra otra vez. El faro de la noche se vuelve a encender y ella comprende que sí debe temer. El miedo se lleva su aliento antes de que pueda si quiera gritar. Él está frente a ella.



Él no dice nada. El llanto de la noche resbala por su cara y su abrigo. Ella está aterida de frío y de miedo. Él se acerca encendido de nuevo por el faro del cielo. Ella se da cuenta de nuevo que no debe temer nada. Él es policía. Relajada y riendo de los nervios, se disculpa con él y le agradece su interés en ella. Se despiden y emprende de nuevo camino a casa.

Ella saca las llaves del portal. Se siente a salvo y se ríe de si misma por temer las figuras en la oscuridad. Instintivamente, se quiere asegurar de que la noche la ha dejado a salvo de nuevo y enlaza la calle con una mirada furtiva y medio temerosa. Entonces se da cuenta de que el policía no es Él...



Jamás debió haber dudado...

lunes 3 de agosto de 2009

Sueños



Soñar es un proceso mental involuntario en el que se produce una reelaboración de informaciones almacenadas en la memoria, generalmente relacionadas con experiencias vividas por el soñante el día anterior . El soñar nos sumerge en una realidad virtual formada por imágenes, sonidos, pensamientos y sensaciones. Según parece, sólo los seres humanos tenemos la capacidad de soñar y además cada uno de nosotros tiene una forma unívoca de soñar.

A lo largo de la historia, en muchas culturas se ha atribuido un valor profético a los sueños, como una especie de SMS de Dios al soñante en cuestión para que vaya tomando medidas al respecto. O para quitarle emoción a lo que le queda de vida contándole el final de la película.



Pero resulta que mucha gente comparte sueños. Casi todo el mundo ha soñado alguna vez que se le caen los dientes, o que se está precipitando al vacío o cualquier otra cosa subconsciente explicada en algún libro de Freud en el que todo lo que sueñas tiene que ver con el sexo excepto si sueñas con sexo, que entonces lo que pasa es que te preocupa el trabajo.

Un servidor en su infancia y en su inocencia le preguntó una vez a su madre que por qué se sueña. La respuesta fue taxativa: "Para que uno no se aburra mientras duerme". Y la verdad es que después de muchas respuestas leídas u oídas por ahí, la respuesta materna es (como en la mayoría de los casos) la que más me convence. Porque en el fondo soñar es como ir al cine y ver una peli en la que tú eres el protagonista.

Y mira, si lo único que hay que hacer para ver tal película es quedarse dormido, pues mejor que mejor. Porque lo que nadie puede discutir es que sólo estar durmiendo es mejor que estar dormido...